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Establecido, pero modificable

Nuestra adherencia al marxismo no siempre encuentra interpretaciones creadoras en el tejido de la nación. En la práctica del día a día, no siempre se tiene en cuenta esa categoría de la dialéctica, que nos obliga a repensarlo todo, a la luz de la vida y el desarrollo histórico-social. José Alejandro Rodríguez. Juventud Rebelde.

«Es lo que está establecido». La socorrida frase, pronunciada desde un buró o un mostrador por algún funcionario o un simple empleado, cierra puertas y esperanzas como un dogma inapelable. Tiene una variante gemela: «Eso viene de arriba». Es la negativa rotunda y ciega, erigida sobre armazones legales e institucionales. Como para que dobles la esquina con tu drama y no insistas más en el reclamo.

Es mucho más cómodo soslayar, al amparo de legajos y normativas globales. Es el olvido y el desentendimiento con cuños y firmas. Es el estilo del pensamiento burocrático, la rigidez de quienes ven la realidad en cuadrículas y estadísticas, sin rostros ni relieves particulares.

Nuestra adherencia al marxismo no siempre encuentra interpretaciones creadoras en el tejido de la nación. En la práctica del día a día, no siempre se tiene en cuenta esa categoría de la dialéctica, que nos obliga a repensarlo todo, a la luz de la vida y el desarrollo histórico-social; a distinguir lo que, por su naturaleza excepcional, requiere un tratamiento individualizado, como ha insistido más de una vez Fidel, para que haya lentes de aumento en la atención a los problemas de la ciudadanía.

Es cierto que la centralización en materia de toma de decisiones y de asignación de recursos, puede entorpecer la acometividad de buscar soluciones puntuales a los casos que salen del estándar, y que requieren de ciertas dispensas en cuanto a «lo que está establecido».

Pero al menos no cuesta nada —solo coraje y consecuencia— alertar y llamar la atención, lanzar hacia arriba las señales de peligro y auxilio, sobre cuestiones muy vulnerables que nos enflaquecen, antes de dejar a los ciudadanos solos con sus problemas. Para eso hace falta remover cierto estilo somnoliento y cómodo en materia de dirección de algunos, que siempre esperan aprobación y espaldarazos de las alturas.

Ni mucho menos aboga por un desentendimiento anárquico este opinante, que tanto ha defendido el espíritu de la ley socialista —por cierto, bastante quebrantado en muchos aspectos de la vida cotidiana—. Si algo necesita la sociedad cubana hoy es orden, disciplina, equilibrios y rigores, sin exceso alguno: inteligentes y consensuados.

En un sentido más estratégico, la dialéctica marxista nos debía servir todos los días para que, quienes tienen la compleja responsabilidad de diseñar los procesos económico-sociales e institucionales de nuestra sociedad, pudieran nutrirse cotidianamente de esas señales desde abajo, y no aguardar a que un fenómeno se incube y desarrolle para entonces atajarlo ya con los escalpelos.

No siempre «lo que está establecido» es lo justo, eso no deberíamos olvidarlo; aunque es difícil encontrar en el mundo un país cuya institucionalidad esté alimentada tanto del servicio al pueblo, como en Cuba. Pero todo en la vida: normas, leyes, ordenanzas, estructuras y funciones, pueden envejecer ante el curso galopante de la realidad. Y se necesitan entonces oportunas —que no oportunistas— readecuaciones de muchos «establecidos» preceptos.

De no ventilar y reconsiderar de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba todos los días, corremos el riesgo de que viejas disposiciones y decisiones, que responden a etapas ya superadas, entorpezcan anacrónicamente el avance de muchos objetivos.

No hay nada más saludable que revisarnos todos los días y corregir el tiro en todos los procedimientos, diseños y programas de la sociedad. No hay que pensar que algo, por establecido en un momento, puede ser vitalicio e intocable. Lo único eterno debe ser la Revolución, eso que Fidel calificó un día como «más grande que nosotros mismos».

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